Una mujer necesita multiplicar su sueldo por 10.000 para ganar el mismo atractivo que un hombre logra multiplicándolo por 10. No es una frase de barra de bar: es el resultado, en negro sobre blanco, de un estudio publicado en Evolution and Human Behavior en 2018 por el equipo de John R. Speakman, con participantes de China, Europa y Estados Unidos.
El dato es brutal y conviene contarlo bien, porque circula recortado por redes y normalmente termina usándose para una de dos cosas: justificar que las mujeres son interesadas, o ridiculizar a los hombres que presumen de coche. Ninguna de las dos lecturas hace justicia al estudio. Y, lo que es más importante, ninguna de las dos hace justicia a lo que sabemos hoy sobre la psicología real del deseo, que es bastante más complicada.
Qué hizo exactamente el estudio
El equipo de Speakman utilizó imágenes corporales reales obtenidas con escáneres DEXA — el mismo aparato que se usa en medicina para medir grasa corporal y densidad ósea. Eligieron 21 imágenes de mujeres y 15 de hombres que variaban en cantidad de grasa y proporción cuerpo (cintura-cadera en mujeres, hombros-cintura en hombros). Sin ropa interpretable, sin cara reconocible, sin marcas de estilo: solo el cuerpo desnudo de información social.

Mostraron esas imágenes a casi 650 participantes (177 hombres y 196 mujeres en la primera fase) y les pidieron ordenarlas de más a menos atractiva. Después, semanas o incluso un año más tarde, les enseñaron las mismas imágenes pero con un dato añadido: el salario anual de la persona. Salarios asignados al azar, sin ninguna correlación con el aspecto físico.
La pregunta era simple: ¿cuánto cambia la valoración cuando aparece el dinero?
El resultado: una asimetría enorme y consistente
Cuando una mujer evalúa a un hombre, multiplicar por 10 su sueldo (por ejemplo, pasar de 30.000 € a 300.000 €) sube su atractivo en torno a 1,9 puntos en una escala de 9. Cuando un hombre evalúa a una mujer, ese mismo aumento de salario apenas mueve la aguja: 0,47 puntos.
La proporción es de aproximadamente 4 a 1. Pero como la escala es logarítmica, esa diferencia significa que para que una mujer logre el mismo efecto que un hombre con multiplicar su sueldo por 10, ella tendría que multiplicarlo por 10.000. De ahí el famoso «1.000 veces más sensibles».
El patrón se repitió en las tres poblaciones — China, Europa, Estados Unidos — con intensidades distintas pero misma dirección. Y un detalle relevante: ni el peso ni la edad de las mujeres que valoraban a los hombres modificaban el efecto. No importaba si la evaluadora era delgada o tenía sobrepeso, joven o más mayor: la sensibilidad al salario se mantenía.
Lo que el estudio NO demuestra (y conviene decir muy claro)
Aquí es donde la mayoría de titulares se quedan cortos. El estudio mide preferencias declaradas en un experimento controlado, no comportamiento real en una situación real de cortejo. Y eso, en investigación sobre atracción, es una distinción enorme.
Eastwick y Finkel (2008) hicieron un experimento famoso: pidieron a hombres y mujeres que dijeran qué valoraban más en una pareja ideal (los hombres decían «atractivo físico», las mujeres decían «buenos ingresos») y luego los pusieron en speed-datings reales con personas de carne y hueso. Cuando llegaba el momento de decir «sí, quiero volver a verle», esas preferencias declaradas no predecían absolutamente nada. Hombres y mujeres respondían exactamente a las mismas señales: simpatía, atractivo, conexión.
Un meta-análisis posterior (Eastwick et al., 2014) revisó 97 estudios con decenas de miles de participantes y llegó a la misma conclusión: lo que decimos que valoramos en una pareja no predice bien a quién elegimos cuando esa pareja está delante.
Por otro lado, Walter et al. (2020), con una muestra de 14.399 personas en 45 países, sí confirmó que las diferencias entre sexos en preferencias declaradas siguen ahí: ellos siguen priorizando juventud y atractivo, ellas siguen priorizando recursos y estatus. Y esas diferencias se mantienen incluso en países con alta igualdad de género — lo cual debilita la idea de que todo es puro condicionamiento social.
La síntesis honesta es esta: existe una diferencia real y replicada en lo que hombres y mujeres dicen que valoran, pero el peso de esa diferencia en el comportamiento real es menor de lo que los titulares sugieren. El cerebro humano funciona con dos capas: lo que cree que quiere y lo que realmente le activa. Y no siempre coinciden.
Por qué la diferencia evolutiva tiene sentido (y por qué no lo explica todo)
La hipótesis evolutiva que da marco al estudio viene de la teoría de la inversión parental de Trivers (1972). Para una mujer, una reproducción «fallida» implicaba nueve meses de embarazo más años de lactancia y crianza: un coste biológico inmenso. Para un hombre, el coste mínimo era una sola cópula. Esa asimetría — dice la teoría — habría seleccionado a lo largo de la evolución a mujeres más exigentes con la calidad y los recursos de su pareja, y a hombres menos selectivos pero más sensibles a señales de fertilidad (juventud, salud, simetría corporal).
El problema con esta narrativa, cuando se cuenta sin matiz, es que se vende como la única explicación posible. Y no lo es. Vivimos en sociedades donde, todavía hoy, las mujeres ganan menos, tienen carreras más interrumpidas por la maternidad y dependen más económicamente de sus parejas en momentos críticos de la vida. En ese contexto, valorar la capacidad económica de una pareja masculina no es un instinto cavernícola: es estrategia adaptativa racional. Distinguir cuánto pesa la biología y cuánto la economía es, hoy por hoy, científicamente imposible.
Las consecuencias visibles: dónde se nota esto en la vida real
El estudio, más allá del dato viral, tiene una parte interesante que casi nadie comenta: explica patrones de consumo y comportamiento que vemos todos los días.
Por qué las mujeres invierten tanto en su aspecto. El 87% de las cirugías estéticas en EE.UU. en 2016 se realizaron en mujeres. El 92% de los procedimientos mínimamente invasivos (bótox, peelings, depilación láser), también. La industria cosmética está dominada por productos para mujeres por una razón estructural: si tu atractivo no se puede compensar con dinero, lo lógico es invertir en el atractivo.

Por qué los hombres exhiben recursos. Coches caros, relojes, ropa de marca, regalos llamativos en el cortejo. La psicología evolutiva lo llama «consumo conspicuo»: señales costosas de estatus dirigidas, en buena parte, al mercado de pareja. Los hombres donan más a la caridad cuando hay mujeres mirando que cuando hay solo hombres. Las mujeres no muestran esa diferencia.
Por qué la presión sobre los hombres para «ser proveedores» sigue intacta. Aunque el discurso público haya cambiado, los códigos de la masculinidad moderna siguen vinculando virilidad con capacidad económica. Un hombre puede ser objetivamente buena pareja, atento, divertido y atractivo, y aun así sentirse deficiente si no encaja en el molde de «el que provee». Esa presión tiene consecuencias en salud mental, en estilos de vida y, paradójicamente, en la calidad de las relaciones que esos hombres consiguen.
Lo que el dinero NO compra (y aquí está el matiz más interesante)
Una lectura simplista del estudio diría: «señores, ganen dinero y tendrán mujeres». Falso, y peligrosamente falso.
Lo que el estudio muestra es que el dinero mejora la valoración de un hombre como pareja potencial en un experimento abstracto. No demuestra que el dinero genere deseo, química o vínculo. Y aquí entra todo lo que la investigación sobre química sexual lleva décadas mostrando: la atracción real depende de presencia, voz, olor, humor, mirada, tiempo compartido, conversación. Variables que ningún estudio con fotos puede capturar.
De hecho, una parte importante de lo que se interpreta como «ellas valoran el dinero» es probablemente «ellas valoran lo que el dinero a veces significa»: disciplina, ambición, capacidad de tomar decisiones, seguridad personal. Cuando esas cualidades aparecen sin dinero, también atraen. Y cuando hay mucho dinero pero faltan esas cualidades, el efecto se diluye rápido en la relación real, aunque sobreviva en la valoración inicial.
Lo mismo aplica al revés: lo que mueve el deseo en muchas mujeres no es el cuerpo escaneado en una imagen DEXA, sino una mezcla compleja que la propia investigación sobre fantasías sexuales femeninas lleva años intentando mapear. Spoiler: no se parece a la versión que circula por TikTok.
Conclusión: la asimetría existe, pero no determina nada
El estudio de Speakman es sólido en su metodología y su hallazgo central — la diferencia de sensibilidad al salario entre sexos — es real, replicada en líneas generales por estudios posteriores y consistente con décadas de investigación previa. No tiene sentido negarlo.
Lo que sí tiene sentido es no convertirlo en una receta. La diferencia es estadística, no individual. Hay hombres a los que el dinero de una mujer les resulta tremendamente atractivo. Hay mujeres a las que el dinero de un hombre les da exactamente igual. La biología sugiere tendencias; la cultura las moldea; la persona concreta decide. Y, en cualquier caso, lo que activa el deseo real — el que sostiene una relación, no el que mueve a un swipe — opera en una capa muy distinta de la que mide cualquier experimento con salarios.
Entender estas asimetrías sirve para algo concreto: dejar de pelearse contra códigos invisibles. Si eres mujer y te gusta cuidarte, no es vanidad: es estrategia razonable en un mercado donde tu aspecto pesa. Si eres hombre y sientes la presión de «demostrar», no estás loco: la presión es real. Pero ninguno de los dos está condenado a vivir bajo ese código si decide jugar a otra cosa. Y, dicho sea de paso, las relaciones más interesantes suelen empezar justo ahí: cuando dos personas dejan de actuar el guion y empiezan a hablarse de verdad.
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