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Los tentadores de La Isla de las Tentaciones cobran por seducir. Cobran por besar, por intimar, por generar una conexión lo suficientemente intensa como para que alguien rompa su relación frente a las cámaras. Y cuando eso ocurre — cuando hay sexo de por medio, cuando la hoguera arde y la audiencia se dispara —, nadie lo llama trabajo sexual. Lo llaman televisión.

Pero si sacamos a esas mismas personas de la villa en República Dominicana y las ponemos en un piso de Madrid haciendo exactamente lo mismo — seducir a cambio de una compensación económica —, el nombre cambia. Y con él, el juicio social.

La pregunta no es nueva, pero en 2026, con diez temporadas a sus espaldas y millones de espectadores, merece una respuesta más honesta.

Cómo funciona realmente el programa

Para quien no lo conozca — o para quien lo vea sin pensar demasiado en su mecánica —, La Isla de las Tentaciones funciona así: cinco parejas viajan a República Dominicana y se separan. Ellos van a una villa llena de mujeres solteras. Ellas, a otra llena de hombres solteros. A esos solteros y solteras se les llama «tentadores».

El trabajo de un tentador es, literalmente, seducir. No hay metáfora. Su función dentro del programa es generar atracción, crear intimidad y llevar la situación lo más lejos posible. Cada semana, la pareja de cada concursante ve imágenes de lo que está ocurriendo en la otra villa. Cuanto más lejos llega la interacción, más drama. Cuanto más drama, más audiencia. Y cuanta más audiencia, más dinero para Telecinco.

Los tentadores cobran alrededor de 900 euros por su participación, además del viaje, el alojamiento y la manutención. Las parejas, entre 1.000 y 1.500 euros por persona. La exconcursante Patrizienta lo reveló públicamente y lo calificó como una cantidad irrisoria: «Ganaba más quedándome en casa».

No son voluntarios. Son profesionales contratados para generar un resultado concreto. Y ese resultado, en muchas ocasiones, incluye relaciones sexuales grabadas y emitidas en horario de máxima audiencia.

Lo que pasa en la villa no se queda en la villa

Diez temporadas dan para mucho. Y lo que ha ocurrido dentro de las villas a lo largo de estos seis años no deja mucho margen para la ambigüedad.

Ha habido sexo explícito ante las cámaras en múltiples ediciones. Filtraciones de vídeos sexuales en redes sociales, como ocurrió en la tercera temporada cuando se difundieron en Twitter contenidos grabados durante la producción. Ha habido confesiones sobre enfermedades de transmisión sexual en pleno directo. Ha habido tentadores que repiten en varias ediciones — profesionalizando literalmente su papel de seductores remunerados.

Y hace apenas tres días, en Supervivientes 2026, Gerard Arias — que conoció a Claudia Chacón precisamente en La Isla de las Tentaciones, donde ambos mantuvieron relaciones sexuales frente a las cámaras — la acusó en directo de ejercer la prostitución. La frase fue exacta: «Por lo menos yo no cobro como tú».

Claudia respondió con algo que resume todo este artículo: «Sabes el hate que he recibido y la ansiedad que me ha provocado ese insulto para que tú vengas a llamarme puta, que es lo que me llama media España».

La ironía es difícil de ignorar. Gerard cobró por seducir en un reality. Claudia cobró por seducir en el mismo reality. Ambos tuvieron sexo delante de las cámaras. Pero solo ella carga con el estigma.

La pregunta que nadie hace en voz alta

Si un tentador cobra por generar una relación íntima con alguien — que puede incluir besos, caricias, sexo y todo lo que la producción necesite para generar contenido —, ¿en qué se diferencia eso del trabajo sexual?

La diferencia no está en lo que hacen. Está en quién lo empaqueta.

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Cuando lo organiza una productora de televisión, se llama entretenimiento. Cuando lo organiza una profesional independiente desde su perfil en una plataforma, se llama prostitución. Y cuando lo hace una creadora desde su cuenta de OnlyFans, se llama contenido para adultos — y le cierran la cuenta de Instagram.

La misma sociedad que convierte La Isla de las Tentaciones en trending topic cada lunes por la noche se escandaliza si una escort habla de su trabajo en una entrevista. Lo hemos visto hace pocos días con el caso de Merve Taskin en Turquía, una creadora de contenido adulto que se enfrenta a diez años de cárcel por contar en televisión cuánto gana. En España no llegamos a ese extremo, pero la censura digital afecta al sector de formas muy concretas — y la doble moral la alimenta.

Telecinco: la cadena feminista con el mayor reality de seducción remunerada de Europa

El programa lo produce Cuarzo Producciones para Mediaset España. La misma cadena que emite debates sobre igualdad, que cubre manifestaciones feministas y que da espacio a opiniones abolicionistas sobre el trabajo sexual, emite tres veces por semana un formato cuya mecánica se basa exactamente en lo que esas mismas opiniones condenan.

No es un fallo de coherencia. Es hipocresía con número de audiencia.

Hay otro detalle que merece atención: el perfil de los tentadores. Son personas jóvenes, con cuerpos trabajados, seleccionadas explícitamente por su capacidad de atracción. Se les cosifica desde el primer segundo — literalmente desfilan frente a las parejas para ser elegidos como si estuvieran en un escaparate. Y después de pasar por el programa, muchos de ellos monetizan su imagen como influencers, vendiendo su atractivo sexual en redes sociales.

¿En qué se diferencia eso de lo que hace una creadora de contenido erótico? En el nombre. Solo en el nombre.

Lo que la audiencia aplaude y la ley persigue

El 45% de la audiencia de La Isla de las Tentaciones son jóvenes de entre 13 y 24 años. Es el público más fiel al programa, con un 70% de permanencia ante la pantalla según datos de Kantar Media. Lo ven menores. Lo comentan en el colegio. Lo convierten en memes.

Mientras tanto, legisladores y plataformas digitales siguen tratando el trabajo sexual real como si fuera algo que hay que esconder. A nosotros, a Sexon, nos han cerrado cuentas de Instagram por publicar guías de ayuda para creadoras de contenido erótico. Sin contenido explícito. Solo información.

A Claudia la llaman puta por lo que hizo en la tele. A los tentadores les ofrecen colaboraciones con marcas. La doble vara tiene un componente de género evidente — pero sobre todo tiene un componente de clase: si tu sexualidad genera dinero para Mediaset, es entretenimiento. Si genera dinero para ti, es un problema.

Entre adultos, la decisión es suya

Hay algo que se pierde cada vez que este debate se enreda en moralismos: la libertad individual entre personas adultas.

Los tentadores deciden participar. Los concursantes deciden exponerse. Las trabajadoras sexuales deciden ejercer. En los tres casos, son personas mayores de edad tomando decisiones consensuadas sobre su cuerpo, su intimidad y su trabajo.

La diferencia es que a los primeros los aplaudimos, a los segundos los compadecemos y a las terceras las criminalizamos. Y eso dice mucho más de nosotros como sociedad que de cualquiera de ellos.

Ejercer el trabajo sexual tiene razones legítimas, personales y económicas que merecen ser escuchadas sin juicio. Igual que las tiene decidir participar en un reality de seducción remunerada. La coherencia exige que, si una cosa nos parece aceptable en prime time, la otra al menos no nos parezca condenable en la calle.

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La vergüenza no está en el trabajo, está en cómo lo miramos

El caso de Claudia y Gerard pone el foco en algo que conocen bien quienes trabajan en el sector adulto: la vergüenza sexual no viene de lo que haces, sino de cómo te miran por hacerlo. Claudia hizo exactamente lo mismo que Gerard. Pero solo ella recibe el insulto. Solo a ella le cuesta la salud mental.

Ese patrón — la mujer estigmatizada por lo que al hombre se le celebra — no es exclusivo de la televisión. Es el mismo patrón que enfrentan las escorts y las creadoras de contenido cada día. Y es exactamente lo que plataformas como Sexon intentan cambiar: ofrecer un espacio donde la profesional se muestra con dignidad, con control y sin que nadie le diga que lo que hace está mal.

Si trabajas en el sector adulto, Sexon es tu plataforma — en España y en Latinoamérica

Trabajar en un entorno legal claro es solo una parte de la ecuación. La otra es tener visibilidad real, un perfil propio y control total sobre cómo te presentas y cómo te contactan.

En Sexon puedes crear tu perfil profesional gratis, mostrar tus servicios con toda la información que quieras y recibir contactos directos sin intermediarios. Sin comisiones sobre tus acuerdos. Sin depender de plataformas que cambian sus normas de un día para otro.

La plataforma está pensada para el mercado hispanohablante: creadoras en España, México, Argentina, Colombia, Chile, Perú y el resto de países de habla hispana ya tienen su espacio aquí. Un perfil en español, una audiencia real, un entorno que no te va a cerrar la cuenta por hablar de tu trabajo.

Si todavía no tienes el tuyo, este es el momento.

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