España tiene un problema con el sexo. No con practicarlo —más de 12 millones de personas acceden cada mes a páginas de contenido adulto en este país—, sino con mirarlo de frente. Nos encanta consumirlo en privado y aplaudirlo en la ficción, pero cuando alguien decide hacer de ello su profesión, sacamos la antorcha y el pitchfork. La serie Cochinas, estrenada en Prime Video el 24 de abril de 2026, ha puesto la hipocresía sexual española sobre la mesa. Y merece la pena hablar de ella.
Qué cuenta «Cochinas» y por qué duele donde tiene que doler
Valladolid, 1998. Nines es una ama de casa conservadora cuyo marido entra en coma y le deja a cargo un videoclub en quiebra. La única sección que da dinero es la de películas porno. Así que Nines, la mujer que copulaba mirando al crucifijo de la pared, acaba convirtiendo el local en el primer videoclub erótico de la ciudad, arrastrando consigo a medio barrio en un proceso de liberación sexual colectiva. Nines pasa de la represión al empoderamiento sexual sin pedir permiso a nadie.
Creada por Carlos del Hoyo e Irene Bohoyo, la serie nació de un dato concreto: durante el confinamiento de 2020, el consumo de pornografía en España creció un 60% frente al 11% de media mundial. Y entre mujeres, se duplicó. Ese dato fue la mecha. La ambientación en los 90 no es nostalgia gratuita: es un espejo de una España que se creía moderna pero seguía atada a una moral heredada.
Lo más interesante de Cochinas no es el porno como tema, sino cómo expone la distancia entre lo que hacemos y lo que decimos. Nines descubre que sus vecinas —las mismas que la juzgarían por vender películas para adultos— tienen deseos reprimidos, curiosidades sin explorar, cuerpos que nunca se han sentido libres. La serie también incluye a Agustín (Álvaro Mel), un joven que descubre que el sexo no le interesa — otro tabú sexual que rara vez se nombra en la ficción española. Cochinas no blanquea la pornografía; la usa como catalizador para hablar de lo que realmente importa: el derecho a vivir tu sexualidad sin que nadie te pida perdón por ello.
Y no es un caso aislado. En la misma semana, Apple TV estrena Margo tiene problemas de dinero, una serie sobre una madre universitaria que abre cuenta en OnlyFans para sobrevivir económicamente. Que dos plataformas globales lancen casi a la vez ficciones sobre mujeres que recurren al trabajo sexual no es casualidad: es un reflejo de un debate que la sociedad ya no puede esquivar.
La doble moral sexual en cifras: 12 millones consumen porno, pero el estigma sigue intacto
Los datos del sector no dejan lugar a dudas. Tres de cada diez internautas españoles visitan páginas de contenido adulto habitualmente, según GfK DAM. El 62,5% de los jóvenes de 16 a 29 años consume pornografía, cifra que sube al 72% en chicos, según la Fundación Fad Juventud. Y el 63,8% de la población general reconoce haber consumido porno alguna vez en su vida, según el Plan Nacional sobre Drogas.
Sin embargo, la persona que produce ese contenido —la creadora de OnlyFans, la actriz porno que decide monetizar su imagen, la escort que ofrece compañía profesional— vive bajo un estigma brutal. La investigación publicada en Scielo sobre trabajo sexual en España lo define con claridad: la historia de la prostitución en este país combina tolerancia práctica con condena moral, una contradicción sostenida durante siglos por la influencia de la doctrina católica y la presión social.
Dicho sin rodeos: España consume sexo a puerta cerrada y lo condena a puerta abierta. Quienes crean contenido erótico de forma profesional saben de primera mano lo que significa esa doble moral sexual. Tu contenido lo compran miles de personas, pero en tu entorno personal eres «la que hace eso».
Efosy, creadora de contenido en OnlyFans, lo resumió en una entrevista con El Español: lo peor no es el trabajo, sino el estigma. Conoce casos de chicas a las que sus familias han echado de casa por algo que hacen de forma legal, consentida y adulta. Esa es la España real que Cochinas retrata con humor, pero que miles de profesionales viven sin risa.
El cine español lleva décadas vendiendo sexo. ¿Y el respeto?
Cochinas no nace en el vacío. España tiene una tradición larga de usar el sexo como reclamo audiovisual. Desde el destape post-franquista de los 70 hasta Torremolinos 73 (2003), pasando por Instinto, Intimidad o Veneno, el cine y la televisión españoles han encontrado en la sexualidad un filón narrativo y comercial. Las plataformas de streaming lo saben: el sexo en la ficción vende suscripciones, genera debate, llena titulares. En la pantalla nunca ha sido tabú sexual. El tabú empieza cuando alguien lo convierte en su vida real.
Pero aquí estalla la hipocresía sexual de siempre. La misma sociedad que aplaude a Malena Alterio descubriendo el placer en una ficción es la que mira con desprecio a la mujer real que decide abrir su perfil en una plataforma de contenido adulto. La ficción es arte; la realidad, vergüenza. Mientras Cochinas recibe críticas elogiosas por normalizar cuerpos no normativos y reivindicar el deseo femenino, quienes hacen exactamente eso en su vida real —desde actrices porno que se reinventan como creadoras independientes hasta profesionales del acompañamiento— siguen siendo invisibilizadas o directamente perseguidas. Es la misma doble moral sexual que lleva décadas enquistada en la cultura española.

El gobierno que quiere abolir tu libertad sexual (mientras sus cargos contratan escorts)
Y aquí el artículo se pone incómodo. Porque la doble moral no se queda en lo social: tiene nombre y apellidos políticos.
El PSOE lleva años impulsando leyes para abolir la prostitución. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha calificado OnlyFans como «violencia contra las mujeres» y «proxenetismo online». El partido ha intentado tres veces sacar adelante una ley abolicionista —en 2022, en 2024 y de nuevo en 2025—, y en su última versión la redacción del artículo 187 ter abre la puerta a penalizar cualquier intercambio de «actos de naturaleza sexual» a cambio de dinero, lo que afectaría directamente a creadoras de contenido, plataformas de suscripción y profesionales autónomas del sector.
La ironía es demoledora. En junio de 2025, los audios de la UCO revelaron que José Luis Ábalos, exministro de Transportes y exsecretario de Organización del PSOE, y Koldo García, su asesor, se repartían prostitutas durante actos de campaña. Ábalos, el mismo que en 2021 declaró en televisión sentir «asco» por la prostitución, aparecía en grabaciones eligiendo mujeres con naturalidad de catálogo. La respuesta del partido fue modificar su Código Ético para expulsar a militantes que paguen por sexo. Como si el problema fuera un párrafo en unos estatutos y no la hipocresía estructural de querer prohibir lo que tus propios dirigentes consumen.
Sumar, el socio de gobierno, se opuso frontalmente a prohibir plataformas como OnlyFans. Su argumento fue directo: «No vamos a condenar a las mujeres a la precariedad». Y expertos en derecho digital señalaron que prohibir OnlyFans en España sería probablemente inconstitucional, además de contraproducente: desplazaría la actividad a plataformas sin control, exponiendo a las creadoras a condiciones peores.
Prohibir no protege. Prohibir empuja a la clandestinidad. Esto lo sabe cualquiera que conozca el sector: la regulación del trabajo sexual en España sigue siendo un campo minado, y la censura digital ya está afectando al deseo y la libertad de expresión sexual de miles de personas adultas que toman decisiones legítimas sobre su cuerpo y su trabajo.
La educación sexual que nunca llega (y el porno que llega antes)
La doble moral sexual se completa con un tercer pilar: la ausencia absoluta de educación sexual de calidad en España. El 53,8% de los jóvenes de 12 a 15 años ha visto pornografía por primera vez entre los 6 y los 12 años, según datos del Ministerio de Justicia. La edad media de inicio en el consumo se sitúa entre los 10 y los 11 años, según la Asociación Punto Omega. Y seis de cada diez jóvenes reconocen que nunca recibieron educación afectivo-sexual ni en casa ni en el colegio.
Es decir: el Estado no educa, pero sí quiere prohibir. No invierte en que los adolescentes entiendan la diferencia entre ficción y realidad sexual, pero sí legisla para criminalizar a los adultos que ejercen su sexualidad libremente. La serie lo refleja con elegancia: en los 90, la educación sexual venía del consultorio de la revista Súper Pop. En 2026, viene de Pornhub. Y el gobierno, en lugar de resolver el problema de raíz, prefiere perseguir a la creadora de contenido que, al menos, trabaja en una plataforma con verificación de edad y consentimiento.

Lo que «Cochinas» nos dice y nadie quiere escuchar
Cochinas funciona porque dice en voz alta lo que la mayoría piensa en silencio. Que el deseo no entiende de moral. Que el placer no es patrimonio de un género. Que los cuerpos reales —con sus curvas, sus imperfecciones, su edad— tienen derechos sexuales que no deberían negociarse. Y que juzgar a quien decide vivir del trabajo sexual o de la creación de contenido erótico es una forma de violencia que disfrazamos de protección.
La serie muestra a Nines en plena liberación sexual. Pero fuera de la pantalla, miles de profesionales del sector adulto en España siguen luchando por algo mucho más básico: que no las persigan, que no las estigmaticen, que las dejen trabajar con dignidad.
La doble moral española no es un problema de los 90. Es un problema de hoy. Y si Cochinas nos remueve, tal vez sea porque nos vemos más reflejados de lo que nos gustaría admitir.
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